Hoy en día se habla mucho de ser «resiliente», que básicamente significa tener la capacidad de aguantar los golpes, adaptarse a las malas situaciones y seguir adelante. Aunque suena como algo positivo, el uso que le damos hoy en día esconde una trampa peligrosa.
El problema es que la resiliencia se ha convertido en un concepto puramente capitalista. Vivimos en una sociedad atrapada en el sobreconsumo y en un ritmo de vida desenfrenado. El sistema nos empuja a producir y consumir sin parar, y cuando este estilo de vida nos pasa factura, en lugar de frenar o cambiar las reglas del juego, el sistema nos exige que seamos «fuertes» y que aguantemos.
Bajo esta lógica, hemos llegado al extremo de normalizar situaciones que son un ataque directo a nuestra dignidad, como vernos obligados a vivir compartiendo una sola habitación en pisos masificados porque los sueldos no dan para más. Hemos aceptado como «normal» que la vivienda sea un lujo inaccesible. A esto se le suma una rutina asfixiante que nos roba por completo el tiempo libre.
Pasamos el día trabajando o viajando al trabajo, sin energía ni horas disponibles para hacer las cosas que de verdad nos llenan la vida, como disfrutar de nuestros seres queridos, desarrollar nuestra creatividad, conectar con la naturaleza o, simplemente, descansar y no hacer nada. Nos han convertido en máquinas que solo existen para producir, despojándonos de lo que nos hace humanos.
El impacto de la pandemia de covid-19 hizo que esto fuera aún más evidente. El virus paralizó el mundo y nos obligó a encerrarnos, evidenciando las carencias de nuestros hogares y el agotamiento mental que arrastrábamos. Sin embargo, la respuesta del sistema no fue frenar este ritmo de vida loco ni solucionar la crisis de la vivienda. Al contrario, se nos exigió ser resilientes para volver cuanto antes a la «normalidad» de producir y consumir, ignorando el cansancio y el dolor colectivo.
Capitalismo y salud mental: la relación directa
Existe una relación directa entre el capitalismo y las enfermedades mentales como la ansiedad, la depresión o el estrés crónico:
- Te culpa a ti, no al sistema: Si estás deprimido por no tener un espacio propio y privado donde vivir, o si tienes ansiedad porque tu vida se reduce a trabajar y dormir, el sistema te dice que el problema es tuyo por no saber gestionar la presión. Te vende la resiliencia como una solución individual (hacer meditación, ir al psicólogo para «adaptarte», o al psiquiatra para medicarte y camuflar el dolor), en lugar de reconocer que es este modelo de sociedad el que nos enferma.
- Normaliza el sufrimiento: Al centrar toda la responsabilidad en la persona, el capitalismo se lava las manos. No importa si tienes treinta años y sigues compartiendo cuarto, o si no tienes tiempo para tus aficiones; se da por hecho que el entorno es el que es, y que tu única opción es aguantar el impacto sin quejarte.
En definitiva, la resiliencia se está usando como una herramienta para que aceptemos el sufrimiento que genera una sociedad acelerada y consumista, haciendo que nos sintamos culpables de nuestra propia salud mental en lugar de señalar al verdadero culpable: un sistema que prioriza la producción por encima de la vida y el bienestar de las personas.

