Fania Kaplan, la anarquista que atentó contra Lenin y desafió el poder

Por Spanish Utopia
29 de diciembre de 2025

Durante la Revolución Rusa, una mujer casi ciega, marcada por años de prisión y trabajos forzados bajo el zarismo, decidió actuar sola contra el nuevo poder que veía como una traición a los ideales de libertad.

El 30 de agosto de 1918, Fania Kaplan disparó tres veces contra Vladimir Lenin, hiriendo gravemente al líder bolchevique y desencadenando una ola de represión que cambiaría el curso de la historia.

Su gesto, nacido de la convicción profunda de que el bolchevismo estaba aplastando la revolución popular al disolver la Asamblea Constituyente y establecer un régimen de partido único, ha sido borrado o distorsionado por la narrativa oficial.

Como tantas mujeres y disidentes radicales, su nombre quedó relegado al olvido, víctima de una invisibilización sistemática que silencia a quienes desafían el poder establecido.

Fania Kaplan, nacida Feiga Haimovna Roytblat en 1890 en una familia judía pobre de Volinia (actual Ucrania), se radicalizó muy joven. A los 16 años, en 1906, participó en un atentado terrorista contra un alto funcionario zarista en Kiev, como parte de grupos revolucionarios que combinaban acción directa con la lucha contra la autocracia. Una explosión accidental frustró el plan, y Kaplan fue capturada. Condenada inicialmente a muerte, su pena se conmutó por trabajos forzados perpetuos en los campos de katorga siberianos, como Akatuy y Maltsev.

Allí pasó más de una década en condiciones infernales: perdió parcialmente la vista, sufrió migrañas crónicas y episodios de ceguera temporal. En prisión, su pensamiento evolucionó influido por compañeras de ideas libertarias y antiautoritarias. Liberada en marzo de 1917 tras la Revolución de Febrero, que amnistió a los presos políticos, Kaplan regresó a un Rusia en ebullición.

La Revolución de Octubre la decepcionó profundamente. Los bolcheviques, al disolver en enero de 1918 la Asamblea Constituyente —elegida democráticamente y donde los socialistas revolucionarios tenían mayoría—, prohibir otros partidos y concentrar el poder en un solo grupo, representaban para ella una nueva forma de tiranía. Lenin, que había prometido «todo el poder a los soviets«, ahora lo centralizaba en un aparato estatal represivo.

El 30 de agosto de 1918, tras un discurso de Lenin en la fábrica Michelson de Moscú, Kaplan se acercó y disparó. Dos balas alcanzaron al líder: una en el cuello, perforando parte del pulmón, y otra en el hombro. Lenin sobrevivió, pero las heridas aceleraron su deterioro de salud, contribuyendo a los infartos que lo matarían en 1924. Capturada inmediatamente, Kaplan declaró ante la Cheka: «Hoy disparé a Lenin. Lo hice por mi cuenta. Lo considero un traidor a la Revolución«.

Sin juicio formal, fue ejecutada el 3 de septiembre de 1918 en el Kremlin, fusilada por la espalda y su cuerpo incinerado para evitar cualquier rastro o martirio. El atentado sirvió de pretexto para el Terror Rojo: miles de opositores, especialmente disidentes de izquierda, fueron arrestados y ejecutados sin proceso.

La historia de Kaplan ilustra cómo el poder vencedor borra las voces incómodas, especialmente las de mujeres que actuaron con autonomía y coraje en momentos cruciales. Su figura, junto a tantas otras revolucionarias radicales, ha sido marginada para imponer una narrativa única de la revolución, ocultando las críticas internas al autoritarismo emergente.

Frente a los autoritarismos, sean de derechas o izquierdas disfrazada de revolución, buscamos sociedades sin jerarquías ni estados opresores: comunidades autogestionadas, basadas en el apoyo mutuo, la igualdad real y la libertad individual y colectiva. No queremos líderes infalibles ni partidos, sino el poder directo en manos de quienes producen y viven, libres de toda dominación. La memoria de figuras como Kaplan nos recuerda que la verdadera emancipación no tolera nuevas cadenas.