Anarquismos para el siglo XXI

Por Arturo B.
27 de septiembre de 2022

La anarquía no es esto o aquello, en sí, sino que consiste en el producto circunstancial de un conjunto de relaciones que se dan en el contexto de una cultura, de una sociedad y de una época determinada.

Desde hace décadas el anarquismo está en una fase de estancamiento en el plano teórico y en el práctico. En el plano teórico, salvo contadas excepciones, permanece anclado sobre aquellos conceptos y propuestas forjadas en los siglos XVIII y XIX; escasean las innovaciones, sobre todo si se compara con ese «siglo de oro» de los «clásicos» (Bakunin, Kropotkin o Malatesta). En el plano de la práctica, no hay organizaciones de masas como en los años treinta, aunque se puede afirmar que los principios anarquistas han penetrado difusamente en los nuevos movimientos sociales fluctuantes de los últimos cambios. En un proceso que parece contradictorio, la debilidad de las organizaciones anarquistas coexiste con el ascendiente de los principios libertarios básicos en los nuevos movimientos sociales (horizontalidad vs. verticalidad, ausencia de líderes, asambleísmo, etc.).

¿Este estancamiento cuestiona la validez de las posturas libertarias? Pienso que no. ¿Es posible encontrar nuevos argumentos para seguir el camino? Creo que sí. Indudablemente los principios básicos que definen el pensamiento libertario están y estarán de plena actualidad, lo que no impide que parezca necesaria su actualización, especialmente del lenguaje con el que se expresan.

La sociedad de finales del XVIII y principios del XIX en el que surgió la mayoría de esos principios no tiene nada que ver con la sociedad actual. De ahí la necesidad de actualizar el contenido de dichos principios y, también, del lenguaje con el que se expresan. Los problemas existentes hace un siglo y medio —autoritarismo, opresión, explotación— y contra los que luchaba el anarquismo, no han remitido, pero estamos obligados a repensar, o a matizar, muchos conceptos heredados de los clásicos del siglo XIX, o adaptar el pensamiento anarquista a nuevas realidades sociales.

Para ello es necesario el debate permanente, desde una perspectiva crítica y no dogmática. Y es que la futura sociedad libertaria será una sociedad en construcción. Construcción que empieza hoy, desde el pensar crítico de esa sociedad futura, con todo el horizonte a la discusión, evitando certezas y verdades establecidas por el principio de «autoridad» (en este caso, la de los clásicos del anarquismo). En las conductas y comportamientos actuales está el germen de la futura sociedad libertaria. Si no somos capaces de dialogar entre nosotros, ¿cómo vamos a ser capaces de vivir juntos en una sociedad organizada bajo principios libertarios? Esto no significa el abandono de esos principios básicos, ni mucho menos, sino «su puesta al día».

¿Qué entendemos por anarquismo?

A los ojos de determinados historiadores el anarquismo poco más habría sido que una pasajera y estruendosa manifestación de lo que se ha dado en llamar «rebeldía primitiva», una antigua e intelectual razón propia del pasado; de mentes simples, que una teoría política de aplicación práctica. Ideas simples para mentes simples. Indudablemente esto no es cierto.

Pero, ¿qué es el anarquismo? No es fácil formular una definición. Javier Paniagua señala que «los anarquistas pretenden una sociedad sin Estado ni autoridad establecida por cualquier procedimiento que busque reglamentar y normativizar las libres determinaciones de los hombres y mujeres en su convivencia en sociedad». Sin embargo, esta definición plantea algunos problemas, puesto que otras ideologías, por ejemplo, el comunismo autoritario, proclaman que una vez triunfe el comunismo en todo el mundo, no haría falta ningún poder coercitivo, ni estructuras militares o burocráticas. Eso sí, habría un periodo de transición, «la dictadura del proletariado», en la que la clase obrera debe controlar el poder del Estado. Para el marxismo la conquista del poder es un elemento clave para alterar las relaciones de dominación, mientras que los libertarios consideran sustancial la desaparición del Estado.

Pero la práctica ha demostrado que la visión marxista no era correcta: Lo único que logran los poderes del Estado es mantener los privilegios de los que se han apoderado de los aparatos estatales, perpetuando la división entre oprimidos y opresores, aunque se pretenda conquistar el poder para terminar con las desigualdades. Esto es lo que ha ocurrido con el llamado «socialismo» de los países de la órbita de la antigua URSS. Otro sentido tiene la propuesta «liberal» de un Estado mínimo, nada que ver con el anarquismo. Los liberales quieren un Estado mínimo que no evite sus atropellos, pero sí que recurrir para que se haga cargo de las crisis por ellos creadas. Privatizar los beneficios, socializar las pérdidas como vimos en la última crisis económica que surgió en 2008.

No es fácil caracterizar el anarquismo como una corriente de pensamiento uniforme vistas sus múltiples manifestaciones, donde es difícil distinguir un tronco común que no sea la desaparición del Estado. Pese a ello, no podemos afirmar que el anarquismo no tiene unidad básica ni coherencia interna porque en él se incluyen perspectivas teóricas diversas y métodos de acción diferentes, y en ocasiones contradictorios.

Es evidente que existen una serie de principios generales aceptados por todas las tendencias libertarias: horizontalidad, asambleísmo, democracia y acción directa, colectivización de los medios de producción, libertad individual…

El anarquismo no se conecta con una clase como lo hace el marxismo con el proletariado. Su propósito es liberar a toda la humanidad sin distinción de posición social. Si tiene mayor fuerza entre los trabajadores, los explotados, es porque estos padecen con mayor rigor las desigualdades y la injusticia de una sociedad que impone a través del Estado los mecanismos de control para que todo favorezca a los poderosos. Como afirma Malatesta «los anarquistas no luchan para conseguir el puesto de los explotadores, quieren la felicidad de todos los hombres, de todos sin excepción».

El anarquismo considera como su objetivo fundamental la destrucción del capitalismo, basado en la propiedad privada, porque solo en una sociedad libre e igualitaria podrá existir verdadera justicia. Ya los «clásicos» del anarquismo (Godwin, Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Malatesta) vieron que el fin último del Estado es proteger la propiedad privada y mantener los privilegios e intereses de las clases dominantes.

Pero de nada con desterrar las lacras del capitalismo, hay que fijar el camino para llegar al comunismo libertario. En el anarquismo siempre predominó la acción por encima de la teoría, tanto en su vertiente anarcosindicalista como en acciones individuales a través de la propaganda por el hecho; pero también mediante la solidaridad, la educación, las relaciones libres y la defensa de la naturaleza.

Sea cual sea su época reciente o lejana, las ideas y las prácticas anarquistas no han muerto. Sobreviven hoy en la mayoría de los movimientos sociales que intentan cambiar el sistema. Además, el escenario de crisis sistémica que se anuncia —el «colapso»— hace indispensable su concurso y preparativos para ese futuro incierto. Como afirma Carlos Taibo «el anarquismo […] es una ideología del futuro», ahora que el planeta se nos va de las manos, al amparo de la quiebra de la socialdemocracia y de los modelos de «socialismo real». No se trata, pues, de guardar en un cofre las esencias del anarquismo, sino de expandirlas, actualizándolas.

Nada de lo anterior significa que el pensamiento libertario offrezca respuestas a todos nuestros problemas. Es obligado repensar, o matizar, muchos de los conceptos heredados de los «clásicos» del siglo XIX; adaptar el pensamiento anarquista a nuevas realidades. Y es que nos encontramos ante dos paradojas relacionadas. Por un lado, los diferentes anarquismos encuentran problemas de ubicación en las sociedades en las que nos ha tocado vivir, pero sus aportaciones se antojan cada vez más necesarias para afrontar las dolencias del presente.

Por otro, pese a la debilidad de las organizaciones anarquistas se percibe el enorme ascendiente del proyecto libertario en un sentido amplio. Esa tradición tendría su peso si la hora de replicar respuestas sociales. En el plano nacional, el 15-M habría respondido, en gran parte, a un impulso «libertario», horizontal y asambleario. En el plano internacional el «altermundismo» de Seattle tiene claramente un espíritu «libertario».

Así pues, la pregunta que debemos formular es: ¿cómo es posible ser anarquista, o libertario, en el primer tercio del siglo XXI? La respuesta no es fácil. Para ello, hay que buscar en los entresijos del anarquismo, el de ayer, el de hoy y el de mañana, valorar qué es lo que los anarquistas han hecho hasta ahora, y qué es lo que deben hacer mañana.

Para Carlos Taibo existen dos maneras posibles de entender el anarquismo. Por un lado, con carácter general, como una forma de pensar y de actuar, ajustada a los principios básicos anteriormente reseñados, que acompañan al ser humano en sus relaciones sociales. Sería una forma de ver el mundo, que hunde sus raíces en tiempos inmemoriales (movimientos religiosos medievales, piratería, «sociedades primitivas» estudiadas por los antropólogos…). Por otro lado, de una forma específica, se puede entender como una ideología o una doctrina, que surge a finales del siglo XVIII y principios del XIX, con unos principios básicos, ya citados y desplegados a partir de unos pensadores clásicos (Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Malatesta…).

El anarquismo tiene una mezcla de las dos perspectivas, si bien la propensión a vivir del pasado, presente en muchas manifestaciones de la cultura libertaria, ha podido estar en el origen de la idea de que el propio anarquismo es una ideología añeja. No cabe duda en el hecho de que la tradición libertaria aporta instrumentos útiles para pensar y cambiar lo que hoy tenemos.

Aunque, generalmente, los adjetivos «anarquista» y «libertario» son sinónimos y pueden emplearse indistintamente, para Carlos Taibo el segundo retrata posiciones y movimientos que, no necesariamente anarquistas, se adhieren a los mismos principios básicos como los vinculados con la democracia directa, la autogestión o el apoyo mutuo. Por su parte, el adjetivo «anarquista» describe posiciones y movimientos con una clara identificación doctrinal con el anarquismo entendido en sentido mucho más restringido.

Por su parte, Tomás Ibáñez traza una división radical entre dos maneras de entender el anarquismo: una concepción casi religiosa, centrada en la vertiente inmutable del anarquismo, y una concepción pragmática, centrada en la dimensión instituyente del pensamiento y de las prácticas anarquistas, que se manifiesta como tal en los movimientos sociales actuales. Es decir, una visión estática basada en unos principios básicos eternos e inmutables, ya explicados por la tradición y que hay que mantener a toda costa, contra viento y marea; y una visión dinámica, que sitúa que esos principios básicos no son eternos ni inmutables, en proceso permanente de constitución, que deben ir adaptándose a los nuevos contextos sociales. Para esa concepción castellfigurativa, el anarquismo está llamado a ser eternamente actual: tan inmutable como las religiones, atravesando los siglos ondeando banderas, agitando siglas, remitiendo a los autores consagrados y recordando los hitos históricos de la epopeya anarquista.

Como afirma Tomás Ibáñez, «la anarquía no es esto o aquello, en sí, sino que consiste en el producto circunstancial de un conjunto de relaciones que se dan en el contexto de una cultura, de una sociedad y de una época determinada. Más precisamente, el contexto en el que se forja la anarquía es un contexto de dominación experimentado como tal, y frente al cual esta se constituye».

La respuesta, en cuanto a la actualidad o no del anarquismo es clara. Si consideramos la vertiente inmutable del anarquismo debemos concluir que este dejó de ser actual hace ya bastante tiempo, y que los esfuerzos por mantenerlo o resucitarlo son vanos. No ocurre lo mismo si consideramos el anarquismo como un proyecto en construcción, un proyecto que adapta permanentemente los principios que lo hicieron nacer a los nuevos contextos sociales. Solo así podrá afirmarse que el anarquismo es hoy actual. Hoy, los anarquistas no desarrollan una actividad propagandística o pedagógica que convenza a las gentes. Tampoco la presencia de los anarquistas en las luchas es lo suficientemente intensa y acertada como para atraer hacia ellos sectores importantes de la población.

Sea cual sea el ámbito que se quiera considerar, la actividad de los anarquistas no traspasa desde hace tiempo la esfera de lo testimonial. Agravado todo ello por un permanente proceso de divisiones y escisiones que han ido debilitando tanto el tronco inicial (la CNT), como las sucesivas ramas surgidas del tronco (CGT, Solidaridad, CNT-AIT). Hoy, desgraciadamente, son otras las formas organizativas y los sectores políticos a través de los cuales se canalizan las luchas de los desheredados. La reservada actualidad del anarquismo no tiene nada que ver con el activismo político de los anarquistas, se debe más bien a que algunas de las intuiciones más básicas del anarquismo encajan a la perfección y encuentran nuevas posibilidades de expresión en los nuevos movimientos sociales.

De nuevo Tomás Ibáñez: «o bien el anarquismo es cambiante o no es anarquía, porque su inmutabilidad diría algo al tipo de ser que es […] No hay nada más alejado de la anarquía que concebirla como una entidad atemporal, inalterable, inmutable, definida de una vez por todas, y eso invalida inmediatamente cualquier pretensión de velar por su pureza original y cualquier tentativa de erigirse como guardián del templo».