La reciente crisis migratoria evidencia la quiebra moral de las políticas migratorias en Europa. Frente al drama humano, el endurecimiento institucional de las fronteras y el peligroso avance del discurso xenófobo de la extrema derecha priorizan el control y la represión por encima de los derechos fundamentales.
Episodios trágicos como el vivido este pasado fin de semana en Ceuta, donde decenas de personas perdieron la vida intentando cruzar la frontera, dejan al descubierto las costuras de un sistema geopolítico profundamente desigual. Lejos de asumir una responsabilidad humanitaria, la respuesta política dominante opta por desviar el foco hacia el control de fronteras y la seguridad nacional, reduciendo vidas humanas a meras cifras de un problema de orden público.
En este escenario, el auge de la extrema derecha tanto en el Estado Español como en el conjunto de Europa ha impulsado una narrativa crecientemente reaccionaria y xenófoba. Sectores ultras y la derecha califican estos dramas humanos como «invasiones» desestabilizadoras, deshumanizando a las víctimas y alimentando el odio social para justificar posturas cada vez más excluyentes.

Paralelamente, las instituciones europeas responden a esta presión endureciendo las políticas de control. Se prioriza la militarización, el aumento de la vigilancia y el blindaje de las fronteras de la «vieja Europa», mientras se pasa por alto el papel de regímenes dictatoriales y aliados geopolíticos que utilizan a miles de personas como piezas de chantaje en un tablero estratégico.
Ante este contexto de hipocresía institucional y violencia discursiva, se vuelve imprescindible confrontar el odio reaccionario y defender la dignidad humana en el presente, sin renunciar a la búsqueda de una sociedad basada en la libertad, la horizontalidad y la solidaridad real entre los pueblos.
Como decía Jorge Martínez, el cantante de la banda de rock Ilegales en una de sus letras más famosas: «¡Europa ha muerto!».

