90 años de la Revolución Social Española

Por Spanish Utopia
20 de julio de 2026

Hace noventa años, miles de trabajadoras y trabajadores organizados en la CNT-AIT demostraron que la clase trabajadora no solo podía derrotar al fascismo, sino también empezar a construir una nueva sociedad basada en la justicia social, la autogestión obrera y la libertad.

El noventa aniversario de la Revolución Social se recuerda no para aferrarse a un concepto antiguo e inmóvil, sino para aprender de aquel proceso revolucionario y adaptar sus lecciones al mundo actual y a los anhelos de justicia social de la clase trabajadora contemporánea.

Figuras como Durruti, García Oliver o Federica Montseny, pero sobre todo miles de militantes anónimos, no legaron un mito ni un museo, sino una manera de entender la lucha: organizarse donde existe la explotación, confiar en la fuerza colectiva y construir un contrapoder desde abajo.

La Revolución Social no comenzó cuando la población tomó las calles; empezó mucho antes, cuando miles de trabajadores se organizaron pacientemente en los sindicatos. Estas organizaciones, además de ser herramientas de defensa proletaria, funcionaron como verdaderas escuelas de formación junto con los ateneos, las escuelas racionalistas y la diversa producción literaria y periodística que inundaba las calles de la época.

Convertir la Revolución Social y los grandes años del anarcosindicalismo ibérico en una fotografía fija e inmóvil impedirá comprender la naturaleza y el dinamismo del movimiento obrero. El verdadero legado de aquel proceso fue demostrar que el anarcosindicalismo supo reinventarse ante los retos de su tiempo, modificando sus formas de organización, innovando en sus métodos de propaganda y acción, y acumulando fuerzas para hacer posible la transformación social. En la actualidad, el desafío consiste en realizar ese mismo ejercicio de adaptación.

A pesar de que el contexto presente es diferente, los retos vuelven a ser de gran magnitud. La extrema derecha intenta dividir a la clase trabajadora y responsabilizar a los sectores más vulnerables, mientras el capital concentra riqueza y precariza la vida. Frente a esto, la mejor respuesta no es la nostalgia, sino la construcción de un anarcosindicalismo fuerte y arraigado en los centros de trabajo y en la sociedad, capaz de influir en el sentido común de la población trabajadora.

El crecimiento de la afiliación sindical en el territorio y en todos los sectores impone la responsabilidad de formar a estas nuevas incorporaciones para consolidar una militancia preparada, capaz de organizar conflictos, extender el sindicato y transmitir los valores del anarcosindicalismo a las nuevas generaciones.

Resulta necesaria una organización de mayor escala, fuerte, ágil y útil para la clase trabajadora. Una estructura capaz de resistir la ofensiva reaccionaria, de seguir conquistando derechos y de incorporar a miles de personas para acumular la fuerza requerida para transformar profundamente las relaciones de poder entre el capital y el trabajo, así como entre el capital y la vida.

Hace noventa años se demostró que otro mundo era posible y que podía construirse la justicia y la igualdad. En la actualidad, corresponde a la sociedad actual demostrar que todavía es posible construir la fuerza colectiva necesaria para hacerlo realidad.